La vida se vuelve más simple cuando entiendes que lo único que te corresponde decidir es qué hacer con el tiempo que Dios te ha concedido. Aristóteles creía que, para vivir bien, debías tener clara la respuesta a dos preguntas: qué estás haciendo y por qué lo haces.
Pero esas respuestas no aparecen en el silencio ni en la pausa. La claridad no llega solo pensando, sino caminando, probando y ajustándote a medida que avanzas.
Para avanzar, necesitas entender cómo funciona tu energía. La fuerza de voluntad es el combustible que te empuja a actuar, pero es limitada y se agota. Por eso, en la mañana conviene pasar del pensamiento a la acción lo antes posible.
Si lo que haces hoy no te está acercando a tus metas, es muy probable que te esté alejando.
Por eso, procura alejarte de las personas y hábitos que no te ayudan, y pon más barreras para no apartarte de aquello que sí te acerca.
Y si tu plan es no hacer nada, considera el costo que eso tiene. Muchos creen que no pierden nada, pero terminan repitiendo los mismos seis meses una y otra vez, esperando un momento perfecto que nunca llega.








