Hombre arrodillado mientras ora.

Salmo 3

El Salmo 3 no nace en abstracto. Tiene un lugar, un tiempo y una herida concreta.

David está huyendo de su propio hijo.

La historia empieza mucho antes, en 2 Samuel 11–12, con el pecado de David con Betsabé. Peca, encubre y derrama sangre inocente. Cuando el profeta Natán lo confronta, Dios le dice algo que pesa como sentencia:

¿Por qué, pues, tuviste en poco la palabra de Jehová, haciendo lo malo delante de sus ojos? A Urías heteo heriste a espada, y tomaste por mujer a su mujer, y a él lo mataste con la espada de los hijos de Amón. 10 Por lo cual ahora no se apartará jamás de tu casa la espada, por cuanto me menospreciaste, y tomaste la mujer de Urías heteo para que fuese tu mujer. 2 Samuel 12:9-10 (RVR1960)

El pecado fue perdonado, pero las consecuencias quedaron.

Entonces dijo David a Natán: Pequé contra Jehová. Y Natán dijo a David: También Jehová ha remitido tu pecado; no morirás. 2 Samuel 12:13 (RVR1960)

Pero la vida de David no volvió a ser la misma. Su hijo Amnón viola a Tamar, su hermana, y Absalón, otro hijo suyo, guarda silencio… pero no olvida la injusticia. Con el tiempo, Absalón gana el favor del pueblo, conspira en secreto y levanta un ejército contra su propio padre.

David podría haber respondido con violencia, pero no lo hace. Comprende que la situación no se resolverá con fuerza ni con venganza. En lugar de eso, abandona el palacio, deja Jerusalén y huye. Es allí, en el camino, lejos del trono y del poder, donde escribe el Salmo 3.

Este salmo no lo escribe un hombre justo al que simplemente le pasan cosas malas. No es una víctima inocente. Es un hombre que cosecha lo que sembró, que carga con sus errores y con las consecuencias de su pecado… y que, aun así, confía en Dios.

Oración matutina de confianza en Dios

Salmo de David, cuando huía de delante de Absalón su hijo.

Verso 1 — quejarse en Dios, no contra Dios

David no está acusando a Dios. Está presentando su queja delante de Dios.

La fe bíblica no comienza negando el problema, sino nombrándolo delante del Señor.

Verso 3 — escudo, gloria y cabeza levantada

En medio de su tristeza, David le dice a Dios tres cosas:

“Tú eres escudo alrededor de mí.”

Aunque está en peligro, sabe que Dios lo guarda.

“Tú eres mi gloria.”

Pasó de rey a fugitivo. Del palacio al campo. Pero entiende algo esencial: su gloria nunca vino del cargo, vino de Dios.

“Tú eres el que levanta mi cabeza.”

Aquí el salmo se vuelve profundamente humano. David está ahí por su pecado, cabizbajo. El pecado trae vergüenza y auto-condenación. No se justifica: sabe que falló, y cuando temes a Dios, lo único que queda es bajar la cabeza.

Si pecas y no sientes remordimiento, estás en problemas. Pero si tu pecado te humilla, aunque te haya dejado en una mala posición, hay esperanza, porque el Espíritu Santo sigue convenciendo tu corazón. El pecado te deshonra, sí, pero es Dios quien vuelve a levantarte la cabeza. Así llegas tú, como llegó David, y Dios te dice: levántala; ese pecado no te define.

Verso 4 — ahora sí, clamar

Ya con la cabeza levantada, David puede decir: Con mi voz clamé a Jehová, y él me respondió desde su monte santo.

Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces. Jeremías 33:3 (RVR1960)

En tus momentos más difíciles, si no clamas, no habrá respuesta. Dios no se deja mover por el orgullo; solo escucha a los humildes.

Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios. Salmos 51:17 (RVR1960)

Hombre clamando
Foto de Masjid MABA en Unsplash

Verso 5 — paz antes que solución

Quizá Dios no responde como queremos. Pero hay algo que siempre da: paz en medio de la tormenta.

El problema sigue ahí, pero ahora puedes dormir. Por eso a este salmo se le conoce como la oración de la mañana.

Cuando algo te atormenta y tu corazón se agita, el descanso parece imposible. Pero cuando depositas tus cargas en el Señor, sucede lo impensable: tu alma encuentra paz y tu espíritu se calma.

La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo. Juan 14:27 (RVR1960)

Si estás cabizbajo por tu pecado, avergonzado, y te acercas al Señor con el corazón abierto, no sé cuál será la respuesta que Dios te dará.
Pero sí sé esto: te dará paz.

Y podrás decir con David: «Yo me acosté y dormí, y desperté, porque Jehová me sustentaba.»

Mujer tranquila acostada en grama.
Foto de Lumière Rezaie en Unsplash

Verso 6 — el peligro sigue, el miedo no

Después de orar, David puede decir: «No temeré a diez millares de gente, que pusieren sitio contra mí.»

Antes de orar, la multitud lo angustiaba. Después de orar, la multitud sigue ahí… pero ya no gobierna su corazón.

El problema no desapareció. David cambió.

Versos 7–8 — cuando la oración te transforma

David suplica: «Levántate, Jehová; sálvame, Dios mío;»

Ya no cuenta enemigos; mira el poder de Dios.

La oración no cambió primero lo que estaba afuera; primero transformó su corazón.

La victoria de la oración no está en que Dios haga lo que pedimos, sino en lo que hace en nosotros mientras oramos.

Y el salmo cierra de la mejor manera: David ora por su pueblo. Bendice.

Si después de orar no puedes bendecir a tus enemigos, sigue orando.

Hombre orando en el suelo.
Foto de Jon Tyson en Unsplash
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